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  • Gracias por la cruz
    Feb 14 2026

    John Owen escribió: “La muerte de Cristo fue la muerte de la muerte en la muerte de Cristo.” Allí, el Cordero sin mancha absorbió la condenación que nos correspondía. Allí, la santidad de Dios y el amor de Dios no entraron en conflicto, no hubo tregua, sino en una satisfacción perfecta - el pago eficaz de la deuda del pecado y el derramamiento de la ira sobre Cristo como nuestro sustituto.

    Nuestra generación trivializa la culpa. La llama error, proceso, herida emocional. Pero Pedro habla de “vana manera de vivir”. Vacía. Hueca. Ornada quizá, pero hueca. Y de esa vaciedad no nos sacó un terapeuta cósmico, sino un Sustituto sangrante.

    Por eso damos gracias. No por un símbolo estético colgado al cuello, sino por un madero empapado en justicia satisfecha y misericordia triunfante. Gracias porque el Cordero fue inmolado. Gracias porque el rescate fue completo. Gracias porque ya no somos esclavos, sino redimidos.

    Que nuestra vida entera sea una doxología viviente. Si fuimos comprados con sangre, no nos pertenecemos. Y si no nos pertenecemos, entonces vivimos para Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.

    “Sabiendo que fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” — 1 Pedro 1:18–19

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    41 mins
  • Culpable soy yo
    Feb 11 2026

    Hay una frase que el hombre moderno detesta más que el dolor, más que la pobreza y más que la muerte: “yo soy culpable”.

    Preferimos decir: me equivoqué, así soy, nadie es perfecto, no fue para tanto, Dios entiende, todos lo hacen. Hemos domesticado el pecado hasta convertirlo en un defecto simpático de personalidad. Le cambiamos el nombre, lo vestimos con eufemismos, lo maquillamos con psicología, y lo absolvemos con comparaciones: al menos no soy como aquel.


    Pero la Escritura no coopera con esta farsa. La Biblia no habla de “errores”. Habla de transgresión (Sal 51:1). No habla de “fallas humanas”. Habla de rebelión (Is 1:2). No habla de “debilidades”. Habla de culpa (Ro 3:19). Y esa palabra —culpa— es incómoda, pero necesaria.


    “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Sal 51:4). David no dice: tuve un desliz. Dice: pequé. No dice: me dejé llevar. Dice: soy culpable. Porque el pecado no es un tropiezo contra normas sociales; es un golpe directo contra la santidad de Dios.

    Desde Génesis 3, el hombre se especializa en tres artes sutiles: Disimular — “me escondí”, Culpar — “la mujer que me diste”, y ormalizar — “no es para tanto”. Nada ha cambiado. Solo el vocabulario. Hoy, lo que Dios llama pecado, el hombre lo llama identidad. Lo que Dios llama maldad, el hombre lo llama autenticidad. Lo que Dios llama culpa, el hombre lo llama autoestima.


    Jeremías lo dijo sin anestesia: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer 17:9). El problema no es que pequemos. El problema es que no creemos que sea tan grave. Y por eso no entendemos la cruz.

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    51 mins
  • Gloria, reino y poder
    Feb 5 2026

    Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” — Daniel 7:13–14


    Daniel no vio una metáfora. Vio un trono. No vio una alegoría política. Vio una entronización celestial.

    En medio de bestias que representaban imperios feroces —Babilonia, Persia, Grecia, Roma— el profeta contempla algo que rompe el patrón: no sube otra bestia al escenario, sino “uno como Hijo de Hombre” que viene en las nubes del cielo. No emerge de la tierra como los reinos humanos; desciende del cielo con autoridad divina. Cristo es aquí claramente señalado como el verdadero Rey, cuya autoridad no depende de la voluntad de los hombres, sino del decreto eterno de Dios.

    Daniel ve lo que los imperios jamás pudieron ver: el gobierno definitivo de la historia no está en manos de las bestias, sino en manos del Hijo. Y siglos después, Jesús toma este título para sí mismo sin titubeos. Ante el Sanedrín declara: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62). No estaba citando poesía. Estaba reclamando el trono de Daniel 7. La resurrección y ascensión de Cristo no fueron eventos devocionales; fueron eventos políticos cósmicos. Allí el Padre cumplió la visión de Daniel: le fue dado dominio, gloria y reino.

    Mientras hoy las naciones se agrupan en bloques, los gobiernos disputan hegemonías y los líderes reclaman soberanía, el cielo no está en crisis. Las cancillerías se alteran; el trono no tiembla. Los mapas cambian; el Reino no. Los imperios que parecían eternos hoy son capítulos en libros de historia. Sus banderas están en museos. Sus himnos, olvidados. Sus monedas, piezas de colección. Pero el Reino del Hijo del Hombre sigue avanzando silencioso, invencible, inconmovible.

    Porque los reinos de los hombres pasan; el Reino de Dios permanece.


    Aquí está la pregunta que Daniel nos deja, que el evangelio nos confronta y que la historia nos obliga a responder: ¿Qué haremos con el Rey Jesús?

    Podemos reconocer su gloria, rendirnos a su dominio y servirle con gozo… o podemos imitar a Herodes. Herodes aceptó la gloria que no era suya: “Voz de dios, y no de hombre.” “Al instante un ángel del Señor le hirió… y expiró” (Hechos 12:22–23). Quiso un reino sin recibirlo de Dios. Quiso gloria sin someterse al Rey. Quiso autoridad sin obediencia. Quiso ser bestia en lugar de siervo. Y pereció.


    Daniel nos muestra que toda gloria usurpada termina en polvo, pero toda rodilla que se dobla ante el Hijo encuentra vida. Porque el final de la historia ya fue revelado: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).

    Los noticieros hablan de geopolítica. Daniel habla de teopolítica. Los hombres discuten soberanía nacional. El cielo declara soberanía mesiánica.

    Al final, cada nación, cada imperio, cada sistema y cada bandera no será sino una nota al pie en la gran historia de Dios. El único trono que permanecerá por siempre es el de Jesucristo.

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    38 mins
  • Hemos visto su luz
    Feb 3 2026

    Los libros de historia de hace décadas, usaban las abreviaciones A.C. y A.D para ubicar los eventos que relataban, ya sea antes de Cristo o después de Cristo, pero A.D. no coincide con las palabras “después de Cristo” porque proviene de la expresión en latín “anno Domini”, que significa “en el año del Señor” – Así que cada amanecer en este mundo cae bajo el reinado de Aquel que nació en un pesebre y resucitó desde una tumba. No vivimos meramente “después” de Cristo. Vivimos bajo Cristo. Somos súbditos, no cronistas. Y este día —como todos los días— es el año del Señor.

    Simeón representa la tensión santa de los fieles del Antiguo Pacto: vivía aún bajo la sombra del A.C., pero con el rostro vuelto hacia el amanecer. Su corazón no latía al ritmo de la cultura romana ni al cansancio del judaísmo farisaico; su corazón latía con esperanza mesiánica. Él esperaba “la consolación de Israel”, como se espera un amanecer en medio de la larga noche.

    Y entonces, el alba llegó en forma de un infante. Aquel niño frágil era la Luz del mundo, y Simeón, como un centinela agotado, pudo finalmente rendir su puesto: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz...” Su turno terminó. La Guardia había concluido. El Rey había llegado.

    Nosotros no vivimos en la era de Simeón. Vivimos en el cumplimiento. La promesa se ha encarnado, la redención ha sido lograda, el Cordero ha sido inmolado y exaltado. Vivimos en la era A.D., “en el año del Señor”. El sol de justicia ha salido, como dijo el profeta Malaquías (4:2), y sus rayos traen sanidad.

    Antes de Cristo, los creyentes esperaban la luz. Hoy vivimos por la luz que ha aparecido. Pero también estamos esperando el regreso del Señor.

    Pero ¡ay!, cuán fácil es vivir como si aún estuviéramos en la penumbra. Muchos cristianos se comportan como si todavía esperaran la luz, como si Cristo no hubiese vencido, como si aún estuviéramos en el sábado del sepulcro y no en el domingo de resurrección.

    ¿Esperar al Señor significa que debemos quedarnos quietos? Por supuesto que no. Estaremos obedientemente ocupados cuando él aparezca.

    En su venida, veremos lo que hemos creído, y otros verán lo que jamás pudieron creer. La muerte dejará de existir. El dolor desaparecerá. Todas las lágrimas serán enjugadas.

    La espera cristiana no es pasividad, es fidelidad. No es resignación, es preparación. No es fuga del mundo, es consagración en el mundo, en espera del retorno del Rey.

    Hasta entonces, no dormimos ni desertamos. Somos soldados del Rey. Lloramos con los que lloran, cargamos con los que no pueden andar, reprendemos a los falsos heraldos que predican otro evangelio, y anunciamos el Reino que ya vino y que ha de venir. Cada día en el calendario —lunes o domingo, enero o agosto— pertenece a Cristo.

    Y hasta que Jesús venga, seremos leales a él, consolando a los que lloran y aliviando algo del sufrimiento de este mundo.

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    33 mins
  • orienta bien tus días
    Jan 30 2026

    Orientar bien nuestros días es un acto de sabiduría espiritual y de honesta rendición delante de Dios. No vivimos al azar ni para fines pequeños; fuimos creados para la gloria de Dios y llamados a vivir con ese fin claramente delante de los ojos (1 Co 10:31). Sin embargo, con facilidad ordenamos la agenda del año y descuidamos el rumbo de la eternidad. Hacemos planes, trazamos metas y organizamos el tiempo, pero la Escritura nos confronta con una pregunta más profunda: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal 90:12). Contar bien los días no es llenarlos de actividad, sino orientarlos hacia su propósito eterno. Y esa orientación comienza reconociendo que dependemos cada mañana de la misericordia y la gracia de Cristo, sin las cuales todo esfuerzo se vacía. Aunque no planeamos arruinar la vida, debemos preguntarnos con sobriedad qué medidas concretas estamos tomando para no hacerlo: qué lugar ocupa la Palabra, cuán seriamente cultivamos la oración, cuán vigilantes somos con el corazón y cuán dispuestos estamos a vivir para la gloria de Dios. Ordenar bien las prioridades no es un acto ocasional, sino una disciplina diaria que nos guarda, nos forma y nos conduce, paso a paso, hacia el fin para el cual fuimos creados.

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    31 mins
  • Un día a la vez, con Cristo
    Jan 28 2026

    Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuán frágil soy. He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti; Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; Ciertamente en vano se afana; Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá. Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti. (Salmo 39:4-7)

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    38 mins
  • Llamados, elegidos y santos
    Jan 16 2026

    El Dios soberano ha redimido por su sola gracia a un pueblo; eligiendo según su beneplácito y autoridad a quienes él quiso; no por obras ni por méritos, sino misericordiosamente por los méritos de Cristo; justificándoles y adoptándoles en unión con el Unigénito de Dios; para alabanza de la gloria de su gracia. Pero ¿Cómo es evidente esa elección y llamamiento? ¿Cuál es la señal de aquellos llamados y elegidos? Pues bien, la fidelidad es esa señal – los redimidos de Cristo se mantendrán creciendo, avanzando y luchando contra el pecado, en oposición al mundo y en obediencia a Cristo. Los que son llamados y elegidos, serán por tanto fieles.

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    31 mins
  • Único DIGNO de honor y gloria
    Jan 14 2026

    Cristo, el Hijo eterno hecho carne, se nos presenta en las Escrituras como el único absolutamente digno de todo lo que el corazón humano puede y debe rendir. A Él le corresponde el temor santo; asombro reverente y sumisión sin reservas - ante Aquel que “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:18); a él debemos toda reverencia, porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9); a él hemos de entregar toda nuestra confianza, ya que “el que no escatimó ni a su propio Hijo” jamás nos fallará en sus promesas (Ro. 8:32); solo a él debemos todo sometimiento, porque Dios lo exaltó hasta lo sumo y “toda rodilla se doblará” delante de su señorío (Fil. 2:9–11); y él ha de ser el objeto de nuestro aprecio, pues Él es el tesoro escondido por el cual vale la pena perderlo todo y, en realidad, no perder nada (Mt. 13:44). “Cristo no es valorado hasta que es valorado sobre todo”. Por eso, nuestra devoción no se reparte ni se negocia; se rinde, se postra y descansa únicamente en Él, el Cordero que fue inmolado y que vive para siempre, digno de temor, reverencia, confianza, sometimiento y amor sin reservas.

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    36 mins