Gracias por la cruz
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John Owen escribió: “La muerte de Cristo fue la muerte de la muerte en la muerte de Cristo.” Allí, el Cordero sin mancha absorbió la condenación que nos correspondía. Allí, la santidad de Dios y el amor de Dios no entraron en conflicto, no hubo tregua, sino en una satisfacción perfecta - el pago eficaz de la deuda del pecado y el derramamiento de la ira sobre Cristo como nuestro sustituto.
Nuestra generación trivializa la culpa. La llama error, proceso, herida emocional. Pero Pedro habla de “vana manera de vivir”. Vacía. Hueca. Ornada quizá, pero hueca. Y de esa vaciedad no nos sacó un terapeuta cósmico, sino un Sustituto sangrante.
Por eso damos gracias. No por un símbolo estético colgado al cuello, sino por un madero empapado en justicia satisfecha y misericordia triunfante. Gracias porque el Cordero fue inmolado. Gracias porque el rescate fue completo. Gracias porque ya no somos esclavos, sino redimidos.
Que nuestra vida entera sea una doxología viviente. Si fuimos comprados con sangre, no nos pertenecemos. Y si no nos pertenecemos, entonces vivimos para Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
“Sabiendo que fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” — 1 Pedro 1:18–19