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Los visitantes de Invierno

Los visitantes de Invierno

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Dicen que el invierno no llega: cae. Se desploma sobre los tejados como un manto antiguo, pesado, inevitable, y de pronto el mundo entero parece contener la respiración. Hay algo en las noches frías que transforma el aire, un silencio espeso que no es ausencia de sonido, sino presencia de algo que no se nombra. Cuando el viento cruza las esquinas y hace crujir viejas maderas, uno tiene la sensación de que no es soloel clima el que cambia, sino la propia frontera entre lo visible y lo que nunca dejamos de presentir.

Es en esta estación, cuando las horas de luz se vuelven tímidas y el día se retira mucho antes de que el alma quiera, cuando los antiguos decían que se abrían puertas que el resto del añopermanecían cerradas. Los pueblos que vivían abrazados por los bosques, o aislados entre montañas, sabían que el invierno no era solamente frío: era un tiempo en el que la realidad se afinaba, como si su piel se volviera translúcida y mostrara lo que normalmente oculta. Por eso, desde Escandinavia hasta Japón, desde las llanuras celtas hasta los valles atlánticos, se repetía una misma intuición: en las noches largas, no caminamos solos.

El ser humano, rodeado de oscuridad y silencio, empieza a escuchar cosas que había olvidado. No son alucinaciones, decía el anciano que velaba la lumbre; son memorias de un mundo que aún respira detrás del nuestro. El crujido de una rama puede parecer apenas un árbol que se acomoda bajo el hielo, pero también puede despertar la sensación de pasos que se acercan. Un golpe de viento en la ventana, esavibración que recorre la casa, puede convertirse en el eco de un visitante que no necesita abrir la puerta para entrar.

El invierno, con su manto de sombras, tiene la capacidad de devolvernos la humildad. Nos recuerda que somos pequeños y que la naturaleza tiene ritmos más lentos que nuestros calendarios.Los antiguos no temían tanto al frío como a aquello que podía venir con él: procesiones que surcaban el cielo, ancestros que se asomaban desde la otra orilla, dioses que aprovechaban la fragilidad humana para caminar entre nosotros. Y lo curioso es que estos relatos no nacieron en un solo punto del mapa. Surgieron en lugares distantes, en culturas sin contacto entre sí, y aun así describen patrones semejantes, como si el invierno despertara una memoria común que todos compartimos sin saberlo.

Lo que hace especial esta estación no es la nieve, ni el hielo, ni el silencio. Es la sensación, casi visceral, de que el mundo se vuelve un poco más permeable, como si algo más antiguo que la historia humana se acercara despacio para recordarnos que la vida es un círculo y que la oscuridad también es parte del camino. Los visitantes de invierno no son criaturas del miedo: son presencias que acompañan, que observan, que marcan el paso del tiempo. Y mientras la noche se estira y el fuego crepita, uno entiende que todo lo que está a punto de contarse forma parte de una larga cadena de relatos que se han ido transmitiendo junto al calor de un hogar.

Porque cuando el frío aprieta y el mundo parece dormido, es entonces cuando los otros, los que caminan entre mundos, encuentran el momento perfecto para dejarse sentir.


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Los Misterios de la Historia: https://podimo.com/s/0Y6DZfP0


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