La mayoría de los seres humanos anhelamos la felicidad en este mundo de sufrimiento. Para muchos, la felicidad reside en la riqueza, las posesiones, el placer y el estatus; y para la élite gobernante, además de lo anterior, encuentran consuelo en el control y la dominación de nuestras vidas y nuestras almas. Sin embargo, a pesar de que hemos invertido todos nuestros dones naturales, habilidades y educación en la búsqueda de este tipo de felicidad, la infelicidad sigue campando a sus anchas en todos los ámbitos de nuestra sociedad. La causa se encuentra fácilmente en nuestra naturaleza caída y no redimida, pues el ingrediente que falta en este mundo secular y sin fe es la palabra de Dios. Jesús, el Hijo de Dios, vino a este mundo y nos enseñó sobre otro reino, uno donde seremos felices, el reino de los cielos, y nos mostró cómo alcanzarlo a través de su ejemplo. Si seguimos sus enseñanzas, podremos elevar y redimir nuestra naturaleza caída, pero este esfuerzo humano exigirá de nosotros todo lo que somos, nuestras mejores habilidades y dones naturales para manifestar en nuestras vidas obediencia a la verdad de Dios. Nuestros talentos representan la verdad de Dios. Y Jesús, antes de dejarnos, nos dio talentos según nuestras capacidades para usarlos y multiplicarlos, dando así buenos frutos para su regreso. Generalmente existe un vínculo muy fuerte entre las obras terrenales y el destino e identidad celestiales. En la parábola de los talentos, Jesús dijo que a todo aquel que haya aumentado sus talentos, más se le dará; pero a quien no, incluso lo que tiene se le quitará. Y al final de los tiempos, nuestra fidelidad o rechazo a la verdad de Dios determinará si nuestro nombre será leído en voz alta o si no aparecerá en el libro de la vida. Y el siervo inútil será arrojado a las tinieblas de afuera, donde será echado a un lago de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes.
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