750. El ladrón de Nueces (infantil)
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Habia una vez una ardilla llamada Isabela , que era muy dedicada y juiciosa pero que tenía una personalidad muy muy dramática. Isabela llevaba varios días dando vuelta por el parque muy preocupada. Resulta que Isabela decía que Alguien, o algo, estaba robando su preciada colección de nueces. Y no cualquier colección: eran nueces seleccionadas, pulidas con su propia cola y organizadas por tamaño y las tenía muy bien cuidadita en lo alto de el árbol donde vivía en una pequeña gruta que encontró en el tronco del árbol. .
Cada mañana, Isabela despertaba, revisaba su escondite en el roble gigante y descubría que faltaban exactamente tres nueces.
—¡Esto es un ultraje! ¡Un robo a mano armada! —gritaba Isabela, agitando los bracitos hacia el cielo.
Decidido a atrapar al culpable, Isabela se puso un sombrero de detective hecho con una bellota y comenzó su investigación.
Primero, interrogó a sus vecinos del bosque, pero todos tenían coartadas perfectas:
- Don Búho: Afirmó que las nueces le daban acidez estomacal y que prefería cazar ratones.
- El Conejo Pérez: Estaba demasiado ocupado compitiendo en carreras de saltos como para subir a el árbol y buscar nueces
- El Pájaro Carpintero: Declaró que su pico era para la madera, no para romper cáscaras duras.
Al no encontrar culpables, Isabela decidió pasar a la acción. Diseñó un plan infalible y llenó los alrededores de su árbol con elaboradas trampas:
Primero puso un charco de savia de pino estrategicament ubicado para que el que se atreviera a llegar al árbol se quedara pegado. Luego puso hojas secas super crujientes apiladas alrededor del escondite para oír cuando alguien se acercara y luego puso una nuez muy bella colgada para que así el ladron se atreviera a cogerla y esta haría sonar otras cascaras de bellota como si fueran una campana hilo.
Esa noche, Isabela se escondió detrás de un arbusto, armado con una linterna de luciérnagas y acompañado por su mejor amigo, el topo Benito, a quien convenció de hacer guardia.
A las tres de la mañana, Benito roncaba plácidamentecuando de pronto sintió un De pronto... ¡Crunch, crunch! Las hojas secas sonaron.
El corazón de Benito saltaba a mil por hora. El topo vio como Una figura sombría se acercó al escondite de las nueces. Con movimientos rápidos y expertos, la sombra esquivó la savia de pino, saltó sobre el hilo de la nuez gigante, cavó un pequeño agujero, sacó tres nueces y se alejó caminando hacia otro árbol cercano para enterrarlas allí.
—¡Ajá! ¡Te tengo! —gritó Benito.
Encendió su linterna de luciérnagas de golpe, iluminando el rostro del escurridizo ladrón.
Benito el topo se puso sus gafas gruesas y miró hacia donde apuntaba la luz. Lo que vio no lo podía creer
El ladrón no era un mapache ninja. Tampoco era un zorro astuto.
El ladrón era... La propia isabela.
Estaba profundamente dormida, con los ojos cerrados. Resulta que Isabela estaba tan, pero tan obsesionadoa y preocupada por que le robaran sus nueces, que caminaba dormida todas las noches. En su estado de sonambulismo, desenterraba tres nueces de su escondite principal y las escondía en otro lugar "más seguro" para que ningún ladrón las encontrara.
Cuando Benito la despertó Isabela se sintió muy apenada con Benito por dejarlo toda la noche despierto y finalmente tuvo que pedirle a Benito que lo ayudara a buscar los cincuenta y dos escondites secretos que ella misma había creado por todo el bosque sin darse cuenta ya que estaba caminando dormida.