753. El Aracnólogo
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un hombre que había estudiado durante años sobre un tema que pocos en el mundo tomaban en serio. Este hombre vivía y trabajaba en su laboratorio en un barrio a las afueras del pueblo. El polvo del barrio olvidado se adhería a las ventanas creando una atmosfera lugubre y desordenada, pero adentro, el mundo estaba hecho de geometría, paciencia y seda. El aracnólogo no era un científico común; era un coleccionista de lo imposible. Su estudio, oculto entre fábricas paralizadas, casas de lata y jardines marchitos donde ya no cantaban los pájaros, parecía flotar dentro de una nube gris de hierro y herrumbre . La poca luz que entraba por aquellas ventanas sucias estaba tamizada por miles de telarañas que él mismo, con el tiempo, había aprendido a cultivar.
Con sus precisas pinzas de plata, el hombre pasaba las horas atrapando maravillas que desafiaban la biología en sus propias redes. Las había observado, sentido y finalmente atrapado. En frascos de cristal sin tapa, albergaba a sus mayores triunfos:
· La araña filosófica, que en lugar de moscas atrapaba silogismos en el aire y tejía redes en forma de interrogación.
· La araña crisantémica, cuyos hilos estallaban en flores amarillas y frágiles cuando la rozaba el viento frío del otoño.
· La temible araña de la fiebre delirante, que vibraba con un calor iridiscente, tejiendo pesadillas incomprensibles y que muchas veces se hacia presente en los momentos en que los hombres más necesitaban paz y tranquilidad
· La horrible araña paciente. Aquella que era capaz de esperar y esperar sin moverse por días, semanas y meses, sabiendo que algún día su presa caería en su telaraña.
El aracnólogo se creía el amo absoluto de los hilos Queria encontrar la forma de combinar algunas de sus arañas para así tener un ejemplar que al mismo tiempo llegara a ser increíble. Pasaba las madrugadas en blanco, encorvado sobre su escritorio, diseñando en su mente y en sus libretas nuevas especies de arácnidos, buscando la perfección absoluta entre el terror y la belleza.
Hasta que una noche de tormenta seca, la gran red central que cruzaba de lado a lado su cuarto de trabajo tembló.
No fue el tirón errático de una presa desesperada, ni el zumbido de un insecto atrapado. Fue una vibración rítmica, pausada, casi musical. El aracnólogo tomó sus pinzas, con el pulso acelerado por la curiosidad, y se acercó a la penumbra de los visillos de seda.
Allí, suspendida en el centro exacto de su trampa más sutil, estaba la mujer araña.
No era una aberración anatómica, sino un ser de una belleza abrumadora. Al ver al investigador acercarse con sus pinzas amenazantes, ella no se retorció. En lugar de luchar contra los hilos pegajosos, utilizó la tensión de la red como un escenario en el cual ella se presentaba con todas sus virtudes. Sus extremidades, pálidas y precisas, comenzaron a trazar en el aire una danza seduciente. Era el baile atávico y antiguo de una mujer desnuda que no conoce el miedo, moviéndose al compás de una música que solo ella escuchaba.
Cada giro, cada extensión de sus brazos, desbarataba las leyes de la telaraña. No estaba atrapada; estaba tejiendo un hechizo directamente sobre la mirada del hombre que solo podía pensar en aquel ritmo mágico y alucinante.
El aracnólogo sintió, por primera vez en su vida, que el hilo de su propia voluntad se cortaba. Las pinzas de plata cayeron de su mano y golpearon el suelo de madera con un eco metálico, rompiendo el silencio del barrio de las cocheras vacías.
Comprendió en ese instante que todos los diseños de sus libretas, todas las arañas irónicas y